La escuela de la ignorancia

| 20.11.06

Los actuales progresos de la ignorancia, lejos de ser el producto de una deplorable disfunción de nuestra sociedad, se han convertido en una condición necesaria para su propia expansión.

El capitalismo posmoderno ha iniciado el ajuste necesario entre la productividad y la educación. Todos los informes de los expertos señalan que la nueva economía exigirá pocos especialistas técnicos; la tecnología permite que unos pocos especialistas desarrollen los sistemas necesarios para el funcionamiento de la empresa. Con otras palabras, cada vez más harán falta mejores profesionales, pero en cantidad más reducida.

La escuela de calidad es necesaria, pero para unos pocos. El resto del sistema educativo es mejor que no funcione. La educación universal y de calidad no es un objetivo político. Aunque los gobernantes intenten dar la idea contraria invocando una y otra vez una “democratización de la enseñanza” (una mentira absoluta) y la “adaptación necesaria al mundo moderno” (una mentira a medias) –las formas destinadas a garantizar la igualdad de oportunidades han tenido el resultado contrario. Por ejemplo, el porcentaje de alumnos de origen popular en la Escuela Nacional de la Administración, la Escuela Normal Superior y la Politécnica (las tres grandes escuelas superiores francesas) descendió de un 15,4% entre 1966 y 1970 a un 7% entre 1989 y 1993-.

En la escuela pública, la de la mayoría, efectivamente, es obvio que la costosa transmisión de los saberes reales y, por tanto, críticos, así como el aprendizaje de los comportamientos cívicos elementales o incluso, sencillamente, el fomento de la rectitud y la honestidad, no presentan ningún interés para el sistema. De hecho, en ciertas circunstancias políticas, pueden llegar a suponer una amenaza para su seguridad. Obviamente, es en esta escuela para la mayoría donde deberá enseñarse la ignorancia en todas sus formas posibles. No obstante, no se trata de una tarea fácil y, hasta el momento, salvando algunos progresos, los profesores tradicionales no han recibido una formación adecuada al respecto. La escuela de la ignorancia requerirá reeducar a los profesores, es decir, obligarles a "trabajar de forma distinta", bajo el despotismo ilustrado de un ejército potente y bien organizado de expertos en "ciencias de la educación". Evidentemente, la labor fundamental de dichos expertos será definir e imponer las condiciones pedagógicas y, materiales de lo que Debord llamaba la "disolución de la lógica": en otras palabras, "la pérdida de la posibilidad de reconocer instantáneamente la que es importante y lo que es accesorio o está fuera de lugar; lo que es incompatible o, por el contrario, lo que podría ser complementario; todo lo que implica tal consecuencia y lo que, al mismo tiempo impide". Debord añade que un alumno adiestrado de tal forma se encontrará "desde el principio, al servicio del orden establecido, aunque su intención haya podido ser absolutamente contraria a este resultado. En esencia conocerá el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le será familiar: el lenguaje con el que le habrán enseñado a hablar. Sin duda, querrá mostrarse como enemigo de su retórica, pero utilizará su sintaxis."

Se convierte en necesidad transformar al alumno en consumidor incívico y, si es necesario, violento, tarea que plantea infinitamente menos problemas. En este caso, basta con prohibir toda institución cívica eficaz. Así pues, se podrán fabricar "consumidores de derecho" en serie, intolerantes, pleiteistas y políticamente correctos. Por tanto, serán fácilmente manipulables al tiempo que presentarán la ventaja nada desdeñable de poder engrosar, según el modelo estadounidense, los grandes gabinetes de abogados.

La escuela se convertirá en un espacio de vida democrático y alegre, a un tiempo guardería ciudadana -en la que la animación de las fiestas (aniversario de la abolición de la esclavitud nacimiento de Víctor Hugo, Halloween…) podrá correr a cargo de las asociaciones de padres más deseosas de implicarse, con la rentabilidad que conlleva- y un lugar abierto tanto a todos los representantes de la ciudad (militantes de asociaciones, militares jubilados, empresarios, malabaristas o faquires, etc.) como a todas las mercancías tecnológicas o culturales que las grandes marcas, convertidas en colaboradoras explícitas del "acto educativo", juzguen adecuado vender a los distintos participantes.

(extractos del libro "La escuela de la ignorancia" de Jean-Claude Michéa, 1999)

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